La casita al fondo by Darío Ossandón

Los gritos no dejaban dormir a Vicente. En el fondo del patio, desde el día en que llegó a vivir con su nueva familia, unos aullidos discordes y afligidos, que sonaban a llantos de muerto, dibujaban  un ser lastimado y peligroso bajo las frazadas en las que Vicente se escondía, para no oír más, para refugiarse de esos lamentos roncos. Se despertaba en mitad de la noche torturado por varios minutos hasta que por algún motivo, volvía el silencio. Ninguna noche era paz ni alivio para Vicente quien pasaba los días con una presión en el estómago que aumentaba durante el día hacia la noche. Pero la oscuridad no oculta sus secretos para quien se arma de valor y en uno de esos episodios de gritos y llantos espectrales, librado de cualquier paciencia o temor, Vicente puso los pies en el suelo de su habitación, caminó hacia a la puerta, bajó las escaleras de a dos, casi tres escalones. Siguiendo su oído se posó en la puerta del patio. Frente a frente a la bodega de su padre, lugar donde se guardan las herramientas y esas voces dolorosas.  Vicente tomó la escoba que descansaba en una muralla y caminando sigiloso no volvería a dormir hasta haber derribado el candado colgante de la puerta. Propinó un escobazo al cerrojo consiguiendo solo más gruñidos en respuesta a su ataque. Vicente saltó hacia atrás preparando un segundo golpe cuando una mano firme lo detuvo sin problemas. El padre de Vicente cogió al niño en sus brazos y ante sus ruegos de advertencia, prometió encargarse del problema. El padre arropó y calmó a Vicente antes de volver. Recorrió el mismo camino que el de Vicente hasta la puerta de la bodega. Abriendo el candado y casi distraído, entró escuchando los gritos con claridad. En el pequeño cuartucho, una cama y en esta, una mujer; su madre sometida al catre con unas correas. La agrietada anciana intentaba librarse sin reconocer a su hijo. Mientras el padre de Vicente esperaba a que hiciesen efecto los medicamentos que le forzó a tomar la vieja, pensaba en la mala suerte. La mala suerte que tuvo mi santa madre de haber sido diagnosticada con demencia, justo un año antes de que Vicente llegara a vivir a la casa. Pero para él era mejor esto. Ningún niño debía ver a su abuela en ese estado. Esa noche el padre de Vicente se fue a dormir pensando en lo injusta que llega a ser la vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s