Lo que sé del amor by Constanza Henríquez

El amor me toma así:
me sacude de los pies,
me da una vuelta
(dos si es necesario)
invierte mi razón
y me sujeta de cabeza
para mirar el mundo
como si yo le cayera a él
en una lluvia de tormentos.

El amor me toma sin resguardos:
me sujeta,
me amarra, 
me consume,
me vacía 
y me deja caer
.
.
.
(ya sabemos que de cabeza). 
Pero el punto es que yo no amo con la cabeza,
amo con el corazón,
porque cuando el amor me toma por los pies
yo me entrego al vuelo errante 
y me convierto en un pájaro,
en una especie de representación de la libertad.
Voy de un mar a otro buscando no sé qué,
o las ansias de experimentar el amor y su sabia
hasta exprimirlo por completo,
o no si antes él me consume a mí
así,
por completo. 
De esa forma exquisita que nos hace errar,
vibrar,
arder
y quemar
.
.
.
(todo en el mismo vuelo).
Luego polvo y cenizas
que de donde eres, 
serás.
Y de tanto ir y venir
se nos escapa la oportunidad de ver con los ojos
por estar corriendo desde ya no sabemos dónde.

Entonces, 
si me toma el amor por los pies
yo me abrazo a él 
con la gracia de un atleta 
que consigue llegar primero a la meta.
Celebro que me ha tomado para hundirme 
en la más concreta de las desesperanzas:
en la noche oscura del alma.
Y cuando eso ocurre 
yo siento cómo se me hace trizas
en un solo grito de auxilio,
ese grito de pavor 
que te abre los poros
y expulsa todo de ti porque se hace tarde,
ya se te ha salido el alma. 
Después viene el derrumbe 
Y seguimos sin poder ver:
Todo es polvo en la niebla. 
Y si aún resistes, si sobrevives 
y alzas una mano entre los escombros,
lo demás,
(el desamor),
suprime el grito y te nutres de silencio.
Ya no te sostienen de los pies,
ahora te arrancan la cabeza 
vuela decapitada
y es mejor no preguntarse 
dónde va a parar
y así nos ahorramos la respuesta
queriendo no saber,
porque en el momento en que sabes 
ya estás elaborando otra pregunta
e inventando posibilidades.
Así funciona la mente,
así va dejando trampas en el camino 
y tú apenas estás dispuesto a salir 
de la ratonera que te sirve de refugio
para el mal de amores.

Pero ya basta.
No hay excusas si amo con el corazón,
Aún si está roto o aplastado
como una cucaracha retorciéndose
A medio morir cantando.
Y si no eres
(o soy)
una rata,
una cucaracha,
una partícula de polvo distinguible
(con mucha suerte)
(y ni tanta) 
en una fotografía,
nos quedamos
(me quedo)
en la quietud del instante
tan efímero como palpable,
en el beso imaginado y sostenido
en la oscuridad de una ciudad dormida
cuando te quedas en silencio
y te desnutres lentamente. 
Y tú, 
tú que sabes qué es el amor,
ya no sujeto a los pies, 
ya no anclado a la cabeza,
ya sí desde el centro del pecho 
donde vibra, arde 
y te quema hasta la última esperanza,
donde yace mortificado
y por fin te permite ver con los ojos 
donde pudiste ser,
ahí mismo,
donde ya no estás. 

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