Diario de lectura #1: Bonsái, de Alejandro Zambra by Eduardo Bustamante

“El resto es literatura”

Soy un devoto de la lectura, pero también de la relectura. Y esto, porque cada vez que releo un libro, disfruto recordando las primeras circunstancias en que lo leí, que muchas veces (así me sucede) terminan por conectarse de alguna manera con el libro en cuestión. Eso me llevó, en algún momento, a pensar esta idea de un “diario” de lectura, pero no del contenido mismo de la lectura, sino de lo que pasaba a la par en mi mundo personal. Y quise empezar con el libro de este título: Bonsái, de Alejandro Zambra.

Bonsái es un libro breve, una “novelita” publicada el año 2006. En ese entonces yo tenía entre nueve y diez años, y poco sabía, supongo, de leer. Aunque nunca disgusté de los libros, tampoco fueron mi gran atracción hasta muchos años más tarde. 

Yo supe de su existencia el año 2014. Encontrarlo fue un acto de curiosidad, pues poco y nada más allá de Pablo Neruda sabía de la literatura chilena; leerla, fue algo así como un consuelo o más bien un refugio solitario. Veamos por qué:

La biblioteca de mi colegio tenía un funcionamiento extraño. Muchos libros, muy interesantes, pero no había posibilidad de préstamo. Aunque a veces, sí había: cuestión del ánimo de su bibliotecaria. Luego no, y así. Para lo que más servía era para pedir juegos de mesa y para servir de sala de castigo, instancias, por cierto, en las que me di grandes siestas (solo por llegar tarde de vez en cuando, nunca fui problemático, la verdad). La cuestión es que la oferta de libros era tentadora, y cuando una compañera me enseñó el curioso truco de guardarlos bajo la ropa, me pareció interesante. Recuerdo el primero, que ella me regaló: Antes del fin, de Ernesto Sabato. 

Algún tiempo me sentí culpable, sobre todo cuando compañeros con los que no me llevaba amenazaban con acusarme, pero luego, tiempo después de dejar el colegio, la vergüenza se disipó por una curiosa casualidad: en mi primer trabajo, como operador de planta en una empresa de correos, me encontré con mi antiguo profesor de historia de tercero y cuarto medio, y me enteré que tenía la misma afición de coleccionar libros imprestables de aquella biblioteca. Nadie se salvaba de las restricciones estúpidas de las bibliotecas escolares, al parecer. 

Ese profesor no hubiera aprobado esta anécdota, porque era más de clásicos, pues me recomendó a Pablo de Rokha y a Gonzalo Rojas, y alguna vez me prestó Nueva Visita a un Mundo Feliz, de Huxley, uno de los primeros libros que me obsesionó. Tampoco aprobó mis poemas, que alguna vez le mostré en el bus de acercamiento a la pega, pero esa es otra historia. Don Gargamel, como le decían sin mucha amabilidad: si alguna vez lee esto, le deseo lo mejor. Lea a Zambra, quizá le guste.

Un día en que hacía mucho frío para hacer educación física nos quedamos en la biblioteca, y antes de salir a recreo fue que encontré dos cajas repletas de Bonsái. Una sellada, y la otra abierta apenas. Solo dos ejemplares en los estantes. Saqué uno porque me pareció bonita la portada. Era la edición de Anagrama, por cierto. Y lo olvidé por ahí en la mochila. 

Ese mismo día, en la última hora, tuvimos una prueba de física, materia en la que siempre me fue mal. Con las matemáticas llegué a intentarlo (con resultados poco menos funestos), pero con física nunca se me dio. Cuestión que rellené cosas un poco al azar y luego me dispuse a esperar que el tiempo pasara. Por el profesor no había problema: era un viejito de buen corazón, poco imponente. Las más de las veces me daba pena, pero intentaba no importunarlo; disimular, en suma, que usaba su clase para otras cosas. Tenía una sonrisa lastimera que variaba su inflexión apenas para cada situación, y luego seguía en lo suyo a pesar de cualquier cosa, como si las sonrisas mejorasen el mundo por sí solas. Para él, al menos, funcionaban. También leía, pero tenía otros gustos. Alguna vez me recomendó Tus Zonas Erróneas, de Wayne Dyer.

Dormité un poco, en algún momento un compañero me preguntó si quería que él respondiese mi prueba (a lo que accedí con respeto), en algún momento miré largo rato por las pequeñas ventanas horizontales que, demasiado cerca del techo, solo permitían ver un poco de color. No de cielo, sino solo de color: un intenso celeste, y a veces gris. Hasta que se me ocurrió sacar el libro, sin pudor. Ya habían pasado varias horas desde el hurto y la falta de un libro es lo que menos importaba allí.

Mentiría si dijera que el libro no me sorprendió desde el principio, porque lo hizo, y mucho. A una hora y en una situación en que solo podía aspirar a leer un par de páginas y probablemente volver a dormitar atontado por el calor, logré leerlo por completo antes de que la hora y media que teníamos para rendir la prueba terminase. Pero también mentiría si dijera que fue únicamente el texto lo que produjo mi impacto. Y aunque suene como un autoengaño, también fue algo más que los intereses en común con los jóvenes y desdichados protagonistas de aquel libro; el sexo, los libros, la marihuana, la tristeza o la obsesión, por los libros, por la tristeza o cualquier cosa. Quizá fue tal el contraste del libro con el momento en que lo leí, que eso me emocionó de algún modo. Saber que era algo así como un regalo, del que no podría jactarme y debería disfrutar en silencio, a salvo de las fórmulas para mí incompresibles que mis pares rellenaban; si bien abordaba historias sobre gente como mis compañeros y compañeras, no me habrían prestado atención, y no habría sabido darme a entender tampoco. No fue una época en que me entendiera demasiado con la gente, a decir verdad. 

La historia de amor de los protagonistas, Julio y Emilia, que pudo ser porque ambos decidieron estudiar literatura (poco después de eso yo también estudiaría literatura, aunque no cursaría Sintaxis Española II, pero sí llegaría a cuidar una pequeña especie de ficus que Homecenter vendía como bonsái, y también me envolvería en una historia de amor entre letras), tenía un punto ciego, por así llamarlo, cómico e infantil. La tácita no-lectura de Marcel Proust. Para ser claros; dos jóvenes pedantes, que han consagrado un período no breve de sus vidas a estudiar la literatura y lo que le rodea, queriendo aparentar que han leído una de las obras más monumentales, en cuanto a su extensión, de la literatura de los últimos siglos: En busca del tiempo perdido. Pero no lo han hecho. No importa mucho: cuando comienzan a leer algunas cosas en conjunto, llegan al libro en cuestión como a una ansiada relectura. El engaño es fácil e inocente. 

Yo tampoco, para ser claro, he leído concretamente a Proust, ni en los años que estudié la mencionada carrera. Sí me ha interesado, y he ojeado biografías, documentales, y uno que otro fragmento aquí y allá. Sin embargo, hace poco llegué a un texto que define perfectamente la intención de este que escribo ahora, como otra linda casualidad. El breve ensayo “Sobre la lectura”, escrito por el autor francés a modo de prefacio a su traducción de Sésamo y Lirios, de John Rushkin, y luego incluido en su primer libro publicado, Pastiches y Misceláneas. En él, Proust rememora sus días de infancia y la particular felicidad que le entregaba la lectura, pero entreviendo un hecho crucial: poco y nada recordaba de aquellos libros que le habían hecho tan feliz, pero la lectura había servido como un medio de anclaje para la situación que le rodeaba en esos momentos, que recordaba a la perfección. Especies de cápsulas vaciadas de su contenido objetivo para guardar instantes únicos, personales. Es, de algún modo, lo que hacían también Julio y Emilia en sus jornadas de lectura a cuatro manos, donde usaban los libros, más que como un contenido en sí mismo, como un detonante del placer. Ya se tratara  de Yukio Mishima, Silvina Ocampo o el mencionado Proust. Y es, probablemente, lo que hacemos todos. La lectura es un acto tan personal que es difícil que dos formas de leer lleguen a parecerse, y eso es lo bonito. Un libro nunca está totalmente cerrado. 

Con los años releí varias veces Bonsái. Mi experiencia no cambió cuando conocí las peores opiniones sobre el libro, que luego descubrí había sido famoso por los elogios y las críticas que despertó, tanto entre lectores “comunes”, críticos “especializados” y autores “consagrados”. Tampoco cuando escuché otras buenas opiniones sobre él, a pesar de que las acepté todas, y las cavilé profundamente. De vez en cuando, volvía a leerlo, como si fuese una cápsula personal en la que no sabía muy bien qué guardaba, pero buscaba a menudo.

Presté ese ejemplar a un amigo de la infancia, que me prestó a su vez Francisca, Yo Te Amo, de José Luis Rosasco, y ambos guardamos los libros del otro sin leer por un par de años (también existen los desencuentros con ciertas lecturas, cómo negarlo). En algún momento él se enlistó para hacer el servicio militar, yo fui papá, y el préstamo se perdió. Hasta que me hice de una copia de la bella edición de Cópec por una módica suma gracias a un grupo de Facebook, y volví a leerlo con otras cosas en la cabeza y otros sentimientos en el cuerpo. Hasta escribí un texto al cumplirse los diez años desde la publicación del libro, para un sitio web que hoy ya no existe, y que el buen Zambra likeó cuando lo compartí en Twitter. Bien por las fugaces interacciones de estos tiempos. Antes, alguna vez había cruzado palabra con él en una feria del libro. Una furia, más bien. Pero lo había confundido con un vendedor, y solo cuando me alejaba del mesón donde firmaba ejemplares del recién salido Facsímil (2014) lo identifiqué.

Como decía, leí el libro a través de los años. Haber estudiado lo que estudié lo hizo más personal, pero también hubo otros factores, como el dibujo del bonsái en su interior, que mostré más de una vez a mi hijo a medida que crecía, explicándole qué eran esos pequeños arbolitos, o la compañía que significó leerlo cuando mi primera relación llegó a su fin. También tuvo su aparición en los albores de la relación que luego encontraría entre días calurosos estudiando literatura medieval o precolombina, cuando hablamos de él y fue el primer libro que terminé prestándole a la chica con la que alargaríamos ese historial de préstamos (y luego obsequios) incansablemente, en los veranos que seguirían a aquel, tan idílico. 

No persigo alguna conclusión. No defiendo el robo de libros de manera romántica a la manera que lo hacía Bolaño, digamos que a mí me encontró el momento en el lugar, pero me ha parecido desde siempre más ameno leer en bibliotecas públicas que robar, que también me parece la mejor opción frente al imparable alza en los precios del libro. Tampoco defiendo la literatura al estilo Zambra frente a otras, que no es el asunto de este texto, cuestión que sí ha dado que hablar en la escena local, en cuanto a lo positivo y negativo de su influencia. Ni siquiera deseé poner en la palestra algún tipo de erudición ya que, como Julio y Emilia, en realidad solo leí un par de páginas del ensayo que mencioné de Proust (pero que, estoy convencido, terminaré). Solo anoto impresiones que con los años me ha generado la lectura de ciertos libros, situación de la que esta novela en particular ha sido un gran ejemplo que, con gusto (que espero se transmita en su lectura), relato aquí. 

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